Soy autor, una voz y un narrador que utiliza diferentes medios para contar historias.


El conserje del infierno

El infierno existe en Venezuela y yo soy uno de sus conserjes.

Mi rutina es sencilla: me levanto temprano y preparo mi guayoyo con apenas una cucharadita de café para que rinda más. Normalmente me siento a escuchar las motos, los pasos y las voces de las madres levantando a sus hijos para el colegio, pero últimamente sólo hay silencio. El aire que antes era fresco, ahora se siente ácido. Me preparo para trabajar antes que mi madre despierte. Reviso mi teléfono de cualquier mención de los diablos, una tarea fácil ya que casi nadie se atreve a mencionarlos y desde hace días no hay nada que borrar. Te sorprendería saber lo sensibles que son los diablos cuando se habla de ellos. Al final agarro un pedazo de canilla con un toque de la margarina y me voy al trabajo.

Camino por las calles estrechas del Limbo, deformes por las raices de los árboles macheteados. Casas construidas una encima de la otra, a veces hasta dividiendo la calle creando dos nuevas.

Para cualquier persona de afuera, encontrar el camino a cualquier lado les sería imposible. Yo que llevo toda mi vida aquí, lo conozco como la palma de mi mano. Estos días por la falta de transporte me toma 45 minutos llegar caminando, cuando antes me tomaba 20.

Cuando por fin llego al infierno me reciben las brujas, que a pesar de ser vecinos viviendo la misma miseria que todos, nos tratan con superioridad y respeto que solo sus armas les permiten sustentar. Revisan mi bolso, mi identificación y mi teléfono. Una vez adentro me visto con el uniforme de trabajo y comienzo a limpiar.

Solía estar orgulloso de eso. Mi madre me enseñó que la limpieza no debe faltar en ningún sitio. Me decía que a pesar de ser “humilde” su casa estaba mucho más limpia que las de los “pudientes” que ella visitaba en su trabajo. También decía que “si vas a estar triste es mejor estarlo en un espacio limpio” y siguiendo su enseñanza, trabajo para dejarle un espacio limpio a estas pobres almas.

Lamentablemente las brujas me lo hacen más dificil cada día. Uno de ellos tuvo la brillante idea de dejar a estas pobres almas revolcarse en su propia suciedad, todo con la intención de impresionar a los diablos como si ellos no trataran a las brujas como simples marionetas.

Desde entonces, mi horario de trabajo se redujo de siete horas a tres. Ahora solo tengo que limpiar la suciedad de las brujas en sus areas de descanso y la fachada del edificio, y si hay algo que hacen bien es dejar los lugares peor de lo que los encontraron.

Como último paso de mi rutina doy una vuelta por los lados del edificio limpiando cualquier cosa que haya podido caer por las ventanas. Fue durante este recorrido que encontré la primera carta.

Normalmente al ver una servilleta en el piso la hubiera botado a la basura sin más, pero al levantarla vi algo escrito a lápiz que al leer tumbó mi corazón ya adolorido, al suelo. Los siguientes segundos se sintieron como minutos. Alcé la mirada buscando al autor de la carta queriendo creer que era una confusión o una trampa, pero me encontré con zapatos pequeños colgados de ventanas enrejadas, en su mayoría zapatos de goma azules y rosados. De otras ventanas colgaban lazos, collares y algunas pulseras.

Escucho de repente el sonido distorsionado de la campana, lo suficientemente fuerte como para volver en mi. Enrollé la carta y la guardé en mi lonchera junto al rosario para que la virgen, si es que existe, lo guardara de las brujas y no me quitaran el papel al salir o peor. Ya iba tarde, pero como no había nadie alrededor pretendí haber terminado mi rutina de trabajo y fui a la salida. Allí estaban los otros trabajadores en fila para salir siendo revisados uno por uno.

A medida que me acercaba sentía como mi corazón se aceleraba. Luego de un tiempo escucho como una de las brujas grita mi nombre. Aparentemente me habia hecho un gesto con su mano para llamar mi atención, resulta que de los nervios no me lo había percatado. La bruja por alguna razón me pidió mostrarle primero mi lonchera. Sentí un calor que quemaba en todo mi cuerpo, mientras el sudor frío trataba de enfriarme. La abrió y vió el rosario con el papel adentro. En mi mente repetía los rezos que me había enseñado mi madre, balbuceando las partes que no recordaba y repitiendo las que si. Senti una eternidad pasar en mi mente pensando en como me mandarian al infierno sin nadie que le avise a mi madre, un desaparecido más.

Pero la bruja solo me sonrie y pide: ” no tienes una merienda que vengo con hambre” – Le regale el mango que no me habra terminado y me dejó ir.

Una vez lo suficientemente lejos como para que no me vieran, me senté casi desmayado. Reposé por un tiempo y cuando estaba mas tranquilo, volví a abrir la servilleta. 

Entre las arrugas y manchas de la servilleta pude ver marcas de agua, gotas entre las letras que le decían a sus padres “estoy bien, los extraño y espero vernos pronto”

Ojalá supiera quienes son para poder entregarles la carta, pero carecía de nombre así que la llevé a mi casa.

Ya van siete meses y 1,601 cartas desde que empecé mi colección secreta. Digo “Secreta” porque los diablos se han encargado personalmente de convertir a vecinos, amigos y hasta familiares en arpías a través de promesas vacías. Estas cartas son mi motivación para seguir trabajando, esperando algún día poder conseguir a sus destinatarios.

Diría que hay un infierno especial para los diablos que hicieron esto posible, pero recuerdo que ellos mismos los diseñaron a su medida.