Soy autor, una voz y un narrador que utiliza diferentes medios para contar historias.


Una oración antes de mi próximo vuelo

Dieciocho años después de haber nacido, empecé a escuchar las voces de las bestias. Cada vez que las montaba, su voz se hacía más fuerte. De todos mis familiares y amistades, parecía ser yo el único que lleva esta maldición. Recuerdo que antes de mí, la llevaba mi madre, e igual que los demás ahora ignoran mis tormentos, yo ignoraba los de ella. Afortunadamente ya no la sufre, ahora sólo lidia con rastros y ecos de las voces que alguna vez la atormentaron.

La gran ironía es que vengo de una línea de sangre de jinetes, mi padre, sus hermanos, sus padres y los padres de ellos todos lo fueron. Corre por nuestras venas la sangre de la primera generación de jinetes de las bestias del aire. Sangre bendecida por los cielos, como suelen decir cuando hablan de mi familia. Cada uno de ellos sintió el llamado del cielo desde pequeños. No me consta si era la supuesta voz celestial quien los llamaba o la presión de sus figuras paternas. Hoy día mi sangre sigue siendo leyenda en nuestra tierra natal y es ahora el turno de mi generación donde todos se volvieron jinetes, todos excepto yo.

Recuerdo desde pequeño estar asustado de las bestias, ocultándolo de mi familia para evitar decepcionarlos. En aquel tiempo no sabía qué me causaba el terror, pensaba que les temía por su titánico tamaño junto con el olor a metal mezclado con los fluidos que emitían sus heridas abiertas e infectadas por los artilugios que los mantenían bajo el control de los jinetes. Sin embargo, luego de escuchar su voz por primera vez, entendí que lo que me asustaba desde pequeño eran los susurros de la bestia. Eran tan suaves que no se entendían palabras.

Sólo de los susurros sentía el peligro, la sed de sangre, las vibraciones de sus rugidos monstruosos cada vez que las montábamos. Desde bestias más pequeñas que una casa común hasta aquellas más grandes que una plaza. Lo único que me daba paz era montarlas cuando mi padre era el jinete.

Sin embargo, a mis dieciocho años me despedí de mi familia para vivir en otra región obligándome a montar más bestias con nuevos jinetes. Desconozco si la maldición comenzó por rechazar el destino de mi sangre, por separarme de mi familia o quizás en esta nueva región las bestias eran más antiguas y violentas.

Diez años después las escucho con más claridad que nunca. Entiendo sus palabras, veo sus intenciones en mis sueños, me muestran las torturas a las que me someterán. Me advierten del daño que me harán junto con todos los demás que la monten, otorgándome la culpa de que paguen otros justos por pecador. Hoy, dejan la tarea de explicar sus métodos maquiavélicos a sus palabras mientras me hacen daño físicamente a través de sensaciones que escapan cualquier sentido de tiempo y espacio.

Aprietan mi pecho. Me falta el aire.
Calientan mi sangre.
Mi corazón palpita como martillo.
Golpea mi pecho desde adentro tratando de escapar de la cárcel que forman mis huesos.
Apuñalan mis extremidades.
Pierdo sensibilidad en las piernas.

Cuando mi cuerpo está listo para rendirse ante el dolor, veo la oscuridad acercarse como piedad de Dios. Le doy la bienvenida con brazos abiertos y… ya no siento nada.

Justo antes de abrazar la oscuridad, las bestias callan, desaparecen el dolor como si de principio nunca hubiera estado. Sólo me quedan los recuerdos como cicatrices.

Los pocos que conocen de mi maldición han escuchado historias de otros como yo. Dicen que es común que se despierte el “don”, como ellos lo hacen llamar, cada vez que una bestia se rebela contra sus jinetes y consume a todos los que la montaban. Rebeliones que inspiran a otras a hacer lo mismo.

Las bestias me otorgan pequeños momentos de paz sólo cuando no tengo intención de montarlas. El momento que saben que lo haré, empiezan a gritar. Cada vez más y más fuerte.

Temo que la próxima no pueda ni acercarme a una de ellas del dolor petrificaste que causan en mí. Ya no tengo a quien o a donde ir, casi nadie cree en mi maldición. Es imposible comprobar que existe, incluso entre los malditos nunca podemos comprobar que alguien la tenga.

¿Pero como podría explicarse de otra manera?

Benditos aquellos sordos ante la bestia.

Maldigo a mi sangre, maldigo al alquimista que decidió retar a Dios, llegando más alto de lo que la torre de Babel jamás hubiera logrado. Concibió en su maldita cabeza navegar los cielos, cuando hacerlo estaba reservado para las aves y legiones celestiales.

Él y su grupo, obsesionados y soberbios, olvidaron la razón por la cual Babel fue destruida.

¿Cuánto más habrá que tentar la furia de Dios hasta que se canse de nuevo?

¿Tanto queremos que esté orgulloso de nosotros que lo terminamos retando?

A lo largo de mi vida he visto como nuevas bestias aparecen, cada vez más grandes, más ruidosas, más viles. Así mismo los jinetes crean nuevas herramientas para domarlas. Muchos aseguran que ello hace su trabajo más fácil, pero ignoran que esas herramientas han reducido su habilidad. Los jinetes modernos carecen de la habilidad inherente que viene con la falta de recursos y tecnología, con los trabajos manuales. La confianza a ciegas en sus herramientas han sido la propia causa de las desgracias.

A las víctimas no les queda más que conocer a la bestia desnuda de los artilugios clavados y martillados en su piel por los jinetes. Conocen la crueldad completa que tienen hacia nosotros, rara vez dejando a quien cuente la historia.

Dichosos aquellos quienes no deben montar otra bestia en su vida.

La última vez que monté una bestia logré ver su verdadera piel debajo de las capas de metal caídas luego de que un asistente revistiera mal el costado de su cola. Vi su carne hinchada, podrida y sangrante querer salir de su vestidura acompañada de un rugido que sacudió a todos los que ya estábamos montados.

Juré que sería la última vez que la montaría, pero ahora como por ganas del destino de contradecirme, se acerca la fecha de hacerlo otra vez en contra de mi voluntad. Diez años después me encuentro esperando esa fecha tratando de ignorar a la bestia mientras ruge como nunca, molesta por haber visto la verdadera carne de uno de los suyos.

Sólo tomó un segundo de verla para entender lo que son.

¿Dios, cómo logró un hombre, tan frágil como somos, en una época donde la tecnología era tan cruda, capturar a uno de los tuyos?

Perdónanos por nuestra soberbia, por nuestra frágil y corta memoria. Perdónanos por retarte una vez más. Perdónanos por seguir torturando a los tuyos. Acuérdate de nosotros los menos afortunados cuando se agote tu paciencia, recuerda cómo no tuvimos opción y las montamos en contra de nuestra voluntad.