Soy autor, una voz y un narrador que utiliza diferentes medios para contar historias.


La noche de los milpiés

25 años después de la muerte de Bassil Da Costa, mártir nacional censurado perennemente por el régimen, en una cálida noche de Mayo en Caracas sonaban las ranas silbadoras típicas de la ciudad. Era una noche particularmente sola, la mayoría de la gente ya descansaba en su casa o iban de camino.

A las ocho de la noche se escuchó el primer timbre. Una madre abrió la puerta y vio a su hijo difunto en frente de ella. Soltó un grito de desesperación, felicidad y confusión que atrajo al resto de la familia a la entrada. Hasta atrajo a los vecinos quienes se asomaron a ver el milagro de un reencuentro imposible.

Los familiares fueron uno a uno a abrazar al difunto, seguidos de sus amigos y todos quienes lo vieron crecer hasta el día de su muerte prematura. Se escucharon gritos, risas y música que el viento llevó por cada una de las calles que formaban el laberinto del barrio.

La electricidad, que llevaba días ausente, llegó para acompañar la fiesta. Poco después, cientos de puertas armonizaron con las canciones de salsa y vallenato. Cientos de familias se reencontraron con familiares que habían perdido gracias al régimen. El viento salió del barrio para que el resto de la ciudad se uniera a la celebración. Hijos, hijas, hermanos, hermanas, padres, abuelos, abuelas, nietos, nietas, tíos y tías celebraron lo que las cabezas del país les habían quitado.

Así como algunos de los difuntos fueron felicidad para su familia, otros sólo confirmaron lo que ya se temían. Los”desaparecidos” dieron cierre a la búsqueda interminable de su familia, eliminando el vacío en los corazones al mismo tiempo que la fé de que siguieran con vida. Padres perdidos abrazaron a sus hijos crecidos, hijos desaparecidos abrazaron a sus padres envejecidos. 

Todos bailaron como si fuera la última noche del mundo. El tiempo, en complicidad con la Luna y el Sol, hizo de ésta la noche más larga del país. Los tres esperaron a que los vivos quedaran exhaustos para volver a su ritmo natural. Gradualmente las ranas empezaron a silbar la canción de cuna típica de la ciudad. Este fue el aviso que tornó la milagrosa bienvenida en despedida. Luego de dar sus últimos abrazos, los difuntos marcharon hacia el palacio de la ciudad.

Ni los animales, ni los insectos, ni el viento, ni el sonido se atrevían a acercarse al palacio por la repugnancia que les causaba. Las cabezas del país, tres serpientes entrelazadas entre sí, estaban en cuartos diferentes ocupándose como de costumbre de los abusos que abundaban dentro de esa casa maldita. Una de ellas llevaba cuatro horas profanando insultos y amenazas a sus enemigos imaginarios mientras se observaba y escuchaba a sí misma televisando su circo en televisión nacional como hacía todas las noches. Otra estaba en su cama desnuda, había reemplazado el aire del cuarto con tabaco e incienso. Tenía polvo blanco sobre su cuerpo y todas las superficies del cuarto junto a cientos de botellas y las mujeres más caras que Latinoamérica, Turquía y Rusia pueden ofrecer. La tercera cabeza con quien la segunda se unió en maldito matrimonio, estaba rodeada de una niebla de palo santo con completo desinterés en las actividades de su marido maldito. Ella se acompañaba de babalaos y sacerdotes que entrecruzaban sus rituales y rezos para mantenerla joven, libre de enfermedad y con poder.

Las cabezas evitaban encontrarse en un mismo sitio al mismo tiempo excepto en ocasiones donde se dirigían a la nación, ocasiones donde necesitaban ocupar el mayor espacio posible en los televisores de la gente, tarea fácil considerando sus cuerpos obesos de corrupción, maldad y mentiras. Entre desconfianzas y traiciones, las cabezas de serpiente se enredaron tanto entre sí que ya no sabían dónde empezaba una y terminaba la otra. Vivían bajo constante amenaza y miedo de morderse entre ellas.

Sus soldados, su seguridad, el pilar más fuerte los mantenía al poder, sus “brujas”, se ocupaban esta noche en ejercicios sin fin que entretenían a sus líderes. Esa noche esos soldados se sentían especialmente cómodos e intocables, ignorantes de la marcha de sus propias víctimas acercándose a sus puertas. El ruido de tambores de metal acompañaba a la marcha en cada paso como una nube de sonido que se movía con ellos. Para el momento en el que el ruido llegó a los oídos de las brujas, ya los difuntos habían rodeado el palacio. Apenas los soldados llegaron a la entrada, el ruido incrementó en volumen e intensidad. Empezó un dolor profundo y agudo en sus cabezas. Los más fuertes se acercaron a los difuntos con la esperanza de detener el dolor, pero solo lograron darse cuenta de dos imposibilidades.

La primera, que el ruido venía de las bocas abiertas de los manifestantes, ruido que finalmente lograron identificar: era el impacto de cucharas de madera contra ollas de metal que habían aprendido a ignorar a lo largo de los años. En complicidad con los difuntos el sonido decidió entrar por primera vez dentro del palacio a pesar de su asco. Las cabezas de serpiente gritaban a través de sus radios buscando información sobre lo que pasaba afuera, pero sus voces se ahogaban detrás del ruido. Los soldados amortiguaron su dolor buscando en su memoria el método de represión más efectivo a su disposición para ejercer una vez más lo que tanto han practicado sin consecuencia ni castigo. Pensaban en cuál método les ganaría más atención de sus líderes. Sin embargo, al acercarse más a los difuntos, se dieron cuenta de la segunda imposibilidad: Eran las caras de sus víctimas. Sin importar a quién tuvieran de frente las caras mutaban a la de aquellos que habían asesinado bajo el pretexto de justicia y seguridad. Se dieron cuenta de la putrefacción de los cuerpos, del olor a muerte aliñada por años, la sangre coagulada, los gases atrapados entre los cuerpos.

Ya habían agotado cualquier excusa que los ayudara a racionalizar sus acciones como positivas, e incluso necesarias. Ya no eran capaces de esconder su crueldad de sí mismos. El velo maldito finalmente había sido levantado.

Sus gritos de terror, dolor y las plegarias de protección no llegaron a los santos paganos que adoraban en sus casas: delincuentes muertos santificados por ellos mismos, demonios en vida idolatrados como dioses. Una nube de cenizas los envolvió, llenó sus pulmones, garganta y ojos con la misma sensación del gas lacrimógeno que adoraban usar. Las cenizas pintaron sus dientes y lenguas de gris haciéndolos saborear cauchos quemados, sangre y carne podrida.

En su desesperación buscaron ejercer una última fuente de autoridad, levantaron sus armas, pero al apretar el gatillo quedaron mudas. Sin más opciones se acercaron a golpear a los manifestantes, pero con el primer contacto las brujas cayeron al suelo sollozando de dolor. Sintieron las quemaduras, los golpes y las torturas a los que hicieron pasar a los difuntos al mismo tiempo. El dolor se multiplicó por cada familiar de los difuntos que sufrió su pérdida. Así una piedra del pilar tras otra alzó su mano y una tras otra cayó en agonizante dolor hasta que la última piedra del pilar de protección del palacio se derrumbó.

Las radios transmitían miedo desde el palacio disfrazado de órdenes, inteligibles entre los gritos y los tambores metálicos. Las cabezas de serpiente quedaron solas e incomunicadas en el palacio. El mismo palacio que ha resistido más de 25 millones de maldiciones diarias, a años de oposición y hasta traiciones internas. El mismo palacio que los ha mantenido impunes de consecuencias. El mismo palacio del que habían expulsado la vergüenza, allí donde los abusos siempre fueron bienvenidos, invitados y hasta celebrados durante tantos años finalmente cedió. Sintieron una presión que les tomó más de diez minutos entender. Fue una sensación que olvidaron décadas atrás. Estaban atrapados, encarcelados.

Sin previa planificación, las tres cabezas se sorprendieron entre sí al encontrarse en el mismo cuarto sin sus respectivas brujas. Los gritos entre ellos eran apenas suficientes para poder entenderse. Una de ellas ni pudo hablar, el tabaco y los restos de incienso se pegaron a las paredes de sus pulmones. Intentaron las radios pero la única respuesta a sus gritos era estática. El dolor de sus gargantas hacía cada grito más difícil, sentían como si agujas desgarraban sus cuellos desde adentro. Sus gargantas les cobraron la deuda acumulada durante años mientras hablaban y hablaban mentiras sin parar, creando un nuevo nudo por cada mentira que dijeron al pueblo.

Escucharon los tambores metálicos directamente afuera de la puerta principal. Corrieron por todos los cuartos sin encontrar una salida. Su propio refugió los traicionó, cansado de la putrefacción en su interior. Cuando se abrieron las puertas, no se encontraron con los difuntos marchando. Frente a ellos había un milpiés sin piel, con pura carne viva. Apenas entraba por la puerta y su cabeza era una amalgama cambiante de cada persona que por su culpa había perdido su vida. 

Desafortunadamente, el país no se enteró de qué les pasó, pero afortunadamente para tí, mi querido lector, nosotros sí.

Al atrapar sus presas, las cabezas del milpiés formaron una sonrisa conectada entre cada cara. Acabó con las cabezas de serpiente entre risas. Descuartizó a una frente de la otra consumiendo toda su maldad hasta que no quedó ni una gota de sangre. 

Las cabezas de serpiente despertaron desnudas dentro de una jungla lluviosa, fría y oscura dentro del país. Allí comenzaron una caminata eterna perseguidos por el milpiés y otras entidades tan incansables e insaciables como lo fueron ellos en la vida para devorarlos en pedazos una y otra y otra vez. Empezaron a vivir cada tortura que ordenaron, apenas pudiendo moverse sintiendo el hambre de una nación entera, el dolor de cada padre y cada madre que no pudo alimentar a sus hijos. Vieron como las bestias asesinaban a sus seres queridos luego de largas torturas con gritos incesantes.

Apenas salió el sol de la mañana siguiente, los familiares de los difuntos se armaron de coraje como nunca antes lo habían hecho. La ciudad entera acordó marchar hacia el palacio y no retornar hasta cobrar justicia por sus difuntos. Los pasos de la marcha se sentían desde los estados vecinos. Al llegar, se encontraron con silencio y calma interrumpidos por el ruido de las alas de las guacamayas. Vieron los uniformes de los soldados regados por el suelo afuera del palacio sin sus dueños.

Atravesaron la entrada caminando por la calle hasta llegar a un inmenso campo de orquídeas, miles de orquídeas de diferentes especies en forma circular. Tomó poco tiempo para que los manifestantes cayeran en cuenta de que las orquídeas ocupaban el espacio donde el palacio solía estar.